19 feb 2011
La princesa se miró al espejo, tuvo ganas entonces de dejar el palacio y echarse a volar. Pensó que no podía jugar a esperar al principe para toda su vida, que él realmente no existía ni aparecería intentando salvar su vida en alguna que otra torre y ningún dragón multicolor se enfrentaría a él. "Qué ilusa fui" se dijo a sí misma y una lágrima recorrió su mejilla, con un tono de cierta furia se la secó y decidió entonces ser una paloma más, dejó que un fuerte soplido le arrancara el vestido y la llevara a ninguna parte, en busca de quién sabe qué. Regaló amor en miles de bares, bailó con más de un principe por noche hasta que el sol de la madrugada le dijera que vuelva a pisar la realidad, recostada en la cama, cuando todos se callan, cierra sus ojos y siente que el mundo se para. Cuando pelea con sus propios pensamientos, noche tras noche, para no asumir ese vacio que por dentro la atormentaba, por más que le guste bailar en aquellos bares, que se sienta dueña del mundo, y capaz de todo, algo le falta siempre. Cerró entonces una vez más sus ojos y soño que él vendría con una espada, se enfrentaría a cualquier dragón que se le presentara y la sacaría de esa torre. La torre que le hacía sentir aquel vacio. Soñaba todas las noches que ella era una princesa y al despertar volvía a ser aquella princesa que soñó pero lejos de cualquier palacio y sin un largo y hermoso vestido, tan solo era ella en ropa interior y despeinada, como cualquier otra mujer, yendo a cualquier parte, sin rumbo, buscando su principe, buscando algo o alguien, ni siquiera ella sabía y bailando hasta cansar llenaba todas las noches su vacio.
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